Bitácora Semana #10
La clase del miércoles 8 de abril inició, como es habitual, con la lectura de bitácoras. En esta ocasión leímos la de Laura Ibagué y la de Ana Isabel Espinosa, lo cual nos permitió no solo retomar lo visto previamente, sino también evidenciar cómo cada persona interpreta la clase desde su propia forma de pensar y escribir.
En cuanto a la asistencia, ese día estuvimos presentes Ana Isabel Espinosa, Valentina Rivera, Luciana María, Martín Gutiérrez, Laura Ibagué, Santiago Achury, David Suárez, Natalia Duque y yo, Natalia Valencia, junto con el profesor Juan Sebastián Cobos.
Después de este momento inicial, realizamos nuevamente la actividad que habíamos trabajado el miércoles anterior, pero esta vez en parejas. En esta ocasión, las ganadoras fueron Ana Isabel y Valentina. Posteriormente, desarrollamos otra actividad, también en grupos, en la que los ganadores fueron David y Santiago. Estas dinámicas no solo hacen la clase más dinámica, sino que también evidencian algo importante: la comunicación se construye en interacción, no de forma individual.
A partir de allí, el profesor introdujo uno de los temas centrales de la sesión: los destinatarios y la relevancia. Una de las ideas más importantes que retomamos fue que la convergencia no ocurre entre máquinas, sino entre seres humanos. Esto implica que, más allá de las plataformas o los medios, lo realmente importante es la conexión con el otro.
En este punto, el profesor comenzó a explicar distintas formas de presentar un mensaje. Por un lado, habló de la presentación técnica o discursiva, asociada al ethos, que busca generar credibilidad y confianza a partir de argumentos estructurados. Por otro lado, mostró la presentación empática, ligada al pathos, que apela a las emociones y conecta desde lo humano. De hecho, utilizó su propia presentación como ejemplo de cómo una narrativa más emocional puede generar mayor cercanía con la audiencia.
Esto nos llevó a reflexionar sobre qué hace que un mensaje sea verdaderamente relevante. No se trata únicamente de lo que se dice, sino de qué tan significativo resulta para quien lo recibe en su contexto cotidiano. Lo relevante, entonces, no es universal, sino que depende de cada persona, de su momento y de sus intereses.
En medio de esta discusión apareció el concepto de prosumidor, que describe cómo hoy las personas no solo consumen contenido, sino que también lo producen. Esto se relaciona con la idea de un ecosistema de la atención, donde todos estamos constantemente generando y compitiendo por captar la atención de los demás.
El profesor mencionó a Herbert Simon y su idea de la economía de la atención, en la que el recurso escaso ya no es la información, sino la capacidad de prestarle atención a algo en medio de la saturación de contenidos. En ese sentido, comprendimos que hoy todos somos parte de un sistema en el que continuamente estamos expuestos a estímulos, lo que ha transformado profundamente nuestra forma de consumir información.
Esto se conecta con otra reflexión interesante: antes, las personas se reunían alrededor de una hoguera para compartir historias; luego, todos se reunían frente al televisor; y hoy, aunque seguimos “juntos”, cada uno está en su propio dispositivo, consumiendo contenidos distintos al mismo tiempo. Es decir, la forma de estar juntos ha cambiado.
A partir de esto, el profesor introdujo el concepto de taquipsiquia, explicando que vivimos en una constante aceleración mental, pasando de una emoción a otra en cuestión de segundos. Esto ha generado que, como sociedad, hayamos perdido en gran medida la capacidad de aburrirnos, lo cual resulta problemático, ya que el aburrimiento también es un espacio necesario para la reflexión y la creatividad.
En este contexto, también se habló de la viralidad. El profesor fue muy claro al afirmar que la viralidad es, en gran medida, un accidente. No existe una fórmula garantizada para hacer que un contenido se vuelva viral. Sin embargo, sí es posible pensar en una “fórmula para la relevancia”.
Esta fórmula, más que una receta exacta, consiste en encontrar un equilibrio entre tres elementos fundamentales de la retórica clásica:
• Ethos (credibilidad),
• Pathos (emoción),
• Logos (razón).
Un contenido relevante, entonces, no es únicamente informativo ni únicamente emocional, sino una combinación de estos tres elementos que logra conectar con el otro de manera significativa.
Para cerrar, la clase dejó una idea muy clara: en un mundo saturado de información, el verdadero reto no es ser viral, sino ser relevante. Y ser relevante implica entender al otro, su contexto y su forma de percibir el mundo.
Viernes 10 de abril
La clase del viernes 10 de abril giró en torno a un eje central: la retórica aristotélica aplicada a la comunicación digital. Estuvimos presentes Ana Isabel, Valentina, Daniela, Luciana, Laura, Martín, Natalia Duque y yo, Natalia Valencia.
Desde el inicio, el profesor retomó una idea clave: cuando alguien comunica, no solo importa lo que dice, sino cómo logra que el otro confíe, sienta y entienda. A partir de ahí, profundizamos en los tres pilares clásicos de Aristóteles: ethos, pathos y logos, pero esta vez no desde la teoría, sino desde ejemplos concretos y aplicados a los medios actuales.
Primero, entendimos que el ethos se construye desde la confianza. No es solo quién habla, sino qué tan creíble resulta para la audiencia. Por ejemplo, cuando una persona habla desde su territorio o experiencia, o cuando una marca respalda su mensaje con datos o trayectoria, está construyendo autoridad. Vimos casos como políticos que se muestran cercanos a la sociedad o marcas como las de productos cotidianos —como una crema dental— que se apoyan en el discurso científico para generar credibilidad. En todos estos casos, el mensaje funciona porque el receptor confía en quien lo emite.
Luego pasamos al pathos, que tiene que ver con la emoción. Aquí la lógica cambia completamente: no se trata de convencer desde argumentos, sino de conectar desde lo humano. Los ejemplos que vimos (como campañas sociales o piezas visuales con mensajes como “Avísame cuando llegues”) muestran cómo el contenido puede tocar fibras profundas, generar empatía e incluso incomodidad. En este punto se hizo evidente algo importante: las emociones no solo hacen que un mensaje se entienda, sino que se recuerde y se comparta.
Por otro lado, el logos aparece cuando el mensaje busca enseñar o explicar algo. Es la dimensión racional de la comunicación: datos, instrucciones, secuencias lógicas. Lo vimos en ejemplos de campañas de salud pública, donde la claridad del mensaje permite que las personas actúen con base en información. Aquí el objetivo no es emocionar, sino dar sentido y utilidad.
Sin embargo, la clase no se quedó en estos tres elementos. Introdujimos un cuarto concepto fundamental: el kairos, entendido como el momento oportuno. No basta con tener un buen mensaje; este debe aparecer en el contexto adecuado. Un contenido puede ser excelente, pero si no se lanza en el momento correcto, pierde relevancia. Esto conecta directamente con la idea de lo “viral” vista en la clase anterior: no hay fórmula para viralizar, pero sí hay condiciones que aumentan la posibilidad de impacto.
A partir de esto, el profesor nos llevó a pensar en la retórica digital, donde estos elementos no funcionan de manera aislada, sino en conjunto. Hoy, un contenido verdaderamente relevante es aquel que logra equilibrar credibilidad, emoción, lógica y contexto, adaptándose además a los formatos y dinámicas de cada plataforma.
Para aterrizar estos conceptos, realizamos una actividad en parejas en la que debíamos buscar piezas que representaran cada uno de estos elementos (ethos, pathos, logos, kairos) y una que lograra integrarlos todos. Esta actividad fue clave porque nos obligó a dejar de ver la comunicación de manera intuitiva y empezar a analizarla estratégicamente.
Finalmente, cerramos con un quiz en Blooket en parejas. En esta ocasión, Natalia Duque y yo no ganamos (de hecho perdimos) pero más allá del resultado, la actividad sirvió para reforzar los conceptos de forma dinámica y evidenciar qué tan interiorizados estaban.
La clase dejó una conclusión clara: en un entorno digital saturado de contenido, comunicar no es solo emitir mensajes, sino construir sentido desde múltiples dimensiones. La relevancia no depende de un solo factor, sino de la capacidad de integrar razón, emoción, credibilidad y contexto en un mismo mensaje.
Comentarios
Publicar un comentario