Bitácora semana #6

 

Bitácora semana #6

Natalia Valencia

Medios para las organizaciones

Miércoles 11 de marzo

La clase del miércoles 11 de marzo inició, como se ha vuelto costumbre en el curso, con la lectura de una bitácora. Este momento ya se ha convertido prácticamente en un ritual dentro de la clase, ya que nos permite retomar lo trabajado en la sesión anterior y reconocer la forma en que cada compañero interpreta y reconstruye lo ocurrido.

En esta ocasión leímos la bitácora de mi compañera Valentina Rivera Izquierdo. Antes de comenzar, registramos la asistencia del día. A la clase asistieron Natalia Duque, Martín Gutiérrez, Laura Sofía Ibagué, Valentina Rivera, Ana Isabel Espinosa, Daniela Roncancio y yo, Natalia Valencia, además del profesor Juan Sebastián Cobos.

Durante la lectura, como suele suceder, el profesor hizo algunas recomendaciones relacionadas con el tono, la respiración y la manera en que leemos en voz alta. Explicó que leer bien no solo depende de entender el texto, sino también de saber manejar la respiración y las pausas. En ese momento hizo una observación interesante: mencionó que cuando una persona fuma mucho, esto puede notarse en la manera en que respira y en cómo proyecta la voz al leer. También nos dijo que muchos solemos tomar aire por la boca cuando leemos, lo cual hace que la lectura pierda ritmo, cuando lo adecuado es aprender a respirar de manera más controlada para mantener la fluidez del texto. A partir de la bitácora de Valentina, el profesor también aprovechó para darnos algunos trucos de redacción. Uno de los más importantes fue evitar el uso excesivo de la palabra “que”. Nos explicó que cuando un texto tiene demasiados “que”, generalmente significa que estamos usando demasiadas oraciones subordinadas. Como recomendación práctica, nos sugirió que intentáramos que en cada párrafo hubiera máximo un “que”, lo que obliga a escribir de forma más clara y directa. En el caso de la bitácora de Valentina, el profesor señaló que aparecían repetidamente conectores como puesto que o porque, lo que hacía que el texto se sintiera un poco repetitivo.

Después de esta revisión inicial, el profesor inició el nuevo tema de la clase mostrando una imagen en la que aparecían varios jóvenes aparentemente discutiendo o peleando. A partir de esa imagen nos preguntó qué tipo de preguntas haríamos al verla. Yo respondí que la primera pregunta que me surgiría sería por qué estaban peleando, mientras que otros compañeros preguntaron dónde estaban o qué estaba ocurriendo en la escena. El profesor nos contó que un profesor de colegio había hecho exactamente el mismo ejercicio con estudiantes de aproximadamente diez años, y lo interesante fue que las preguntas que ellos hicieron fueron prácticamente las mismas que nosotros hicimos en clase. Esto llevó a una reflexión importante: las preguntas que hacemos dicen mucho sobre la manera en que pensamos.

En ese sentido, el profesor enfatizó que es posible conocer a una persona a partir de las preguntas que formula. Las preguntas reflejan curiosidad, capacidad de análisis y pensamiento crítico. Una persona que formula preguntas más profundas generalmente está intentando comprender mejor el contexto, mientras que alguien que se queda en preguntas superficiales probablemente no está analizando el problema con suficiente profundidad. En otras palabras, las preguntas funcionan como una especie de ventana hacia la forma en que cada persona observa el mundo. En comunicación, esto es especialmente relevante, porque entender un fenómeno no depende únicamente de la información disponible, sino de las preguntas que somos capaces de plantear.

Posteriormente el profesor nos mostró una comparación entre dos fotografías tomadas en años distintos: una en 2005 y otra en 2013. En ambas aparecía una multitud de personas en lo que parecía ser un lugar religioso muy concurrido (según lo que alcancé a observar, probablemente La Meca, uno de los lugares de peregrinación más importantes del mundo islámico). Lo que hacía interesante la comparación era el cambio que se observaba entre las dos imágenes. En la fotografía de 2005 se veía una gran cantidad de personas, pero prácticamente nadie estaba utilizando celulares. En cambio, en la fotografía de 2013 la escena era completamente distinta: muchas personas tenían sus teléfonos levantados tomando fotos o grabando lo que ocurría.

A partir de esta comparación, el profesor introdujo el concepto de la teoría del ocio conspicuo, planteada originalmente por el economista y sociólogo Thorstein Veblen. Esta teoría describe cómo, en ciertos contextos, las personas utilizan el tiempo o ciertos comportamientos como una forma de mostrar estatus social o pertenencia a un grupo privilegiado. En el caso de las imágenes que analizamos, podría interpretarse que el uso constante del celular también se ha convertido en una forma de demostrar presencia, participación o incluso capital simbólico dentro de un evento importante. Tomar fotos, grabar o compartir en redes se vuelve una manera de decir “yo estuve aquí”.

Dentro de esta reflexión también apareció una de las imágenes más famosas de la cultura digital reciente: la selfie de los premios Óscar de 2014. En esa fotografía aparecen varias celebridades, entre ellas Ellen DeGeneres, Bradley Cooper, Jennifer Lawrence, Brad Pitt y Meryl Streep, entre otros. La imagen fue tomada durante la ceremonia de los premios Óscar y se volvió viral en cuestión de minutos, convirtiéndose durante un tiempo en una de las fotos más compartidas en la historia de Twitter. Esta selfie no solo se volvió famosa por la cantidad de celebridades que aparecían en ella, sino también porque representaba muy bien el momento cultural en el que la sociedad comenzaba a adoptar masivamente los smartphones y las redes sociales como formas de registrar y compartir la experiencia.

Después de esto, el profesor nos mostró algo que para muchos resulta casi nostálgico: las tarjetas recargables de Comcel. Antes de que existieran los planes de telefonía móvil con minutos ilimitados, las personas compraban tarjetas prepago para poder hacer llamadas. Estas tarjetas fueron muy populares especialmente entre finales de los años noventa y mediados de los años 2000. Tener una tarjeta recargable de 20.000 pesos en ese momento significaba tener una cantidad considerable de minutos disponibles, algo que no era tan común y que muchas personas veían como un pequeño lujo tecnológico.

A partir de estos ejemplos, el profesor nos explicó cómo la sociedad ha pasado progresivamente de una cultura analógica a una cultura digital. Para ilustrarlo contó una anécdota personal. Un amigo suyo fue uno de los primeros del grupo en tener un celular. Un día recibió una llamada mientras caminaban por la calle y, al contestar, se quedó completamente quieto hablando por teléfono. Esto ocurría porque estaba acostumbrado a la lógica del teléfono fijo: cuando alguien contestaba en casa, debía quedarse en el mismo lugar para hablar. Sus amigos entonces le dijeron que podía seguir caminando, porque el celular permitía hablar y moverse al mismo tiempo. Este pequeño episodio muestra cómo las tecnologías no solo cambian los aparatos que usamos, sino también nuestros hábitos y comportamientos.

En este punto el profesor mostró una frase del teórico de la comunicación Jesús Martín-Barbero, quien afirma que:

“La tecnología remite hoy no a nuevas máquinas o aparatos, sino a nuevos modos de percepción y de lenguaje, a nuevas sensibilidades y escrituras”.

Esta idea nos permitió entender que los cambios tecnológicos no se limitan a la aparición de nuevos dispositivos, sino que transforman la forma en que percibimos el mundo, cómo nos comunicamos y cómo construimos significado.

Posteriormente el profesor habló sobre la brecha generacional, mostrando una escena de una película donde los emoticones se convierten en parte central de la comunicación entre los personajes. Esto nos llevó a reflexionar sobre cómo distintas generaciones utilizan códigos y lenguajes diferentes para comunicarse. Más adelante el profesor nos mostró el modelo clásico de comunicación, que durante mucho tiempo fue enseñado como un proceso lineal: un emisor envía un mensaje y un receptor lo recibe. Sin embargo, nos explicó que esta visión es bastante limitada, ya que la comunicación real es mucho más compleja. Hoy sabemos que la comunicación implica interacción, interpretación cultural y construcción de significado. En ese sentido, el profesor explicó que un proyecto de comunicación no puede empezar únicamente con la producción de mensajes, sino que debe comenzar con investigación cultural. Es necesario entender cómo piensan las personas, qué significados construyen y qué contexto comparten. La convergencia, como señaló el profesor, no ocurre entre máquinas, sino entre seres humanos.

También reflexionamos sobre una pregunta importante: ¿para qué sirve la comunicación? Algunos compañeros respondieron que sirve para construir, mientras que otros señalaron que también puede ser utilizada para manipular. En mi opinión, la comunicación es principalmente una herramienta para crear sentido compartido, para entendernos y para construir relaciones con los otros. Dependiendo de cómo se utilice, puede servir para fortalecer comunidades o para influir en ellas.

Para cerrar la clase, el profesor nos mostró un video en el que el COVID-19 aparece representado como una voz que le habla directamente a la humanidad. En el video se plantea la pandemia como un momento de pausa obligatoria que obligó al mundo a detenerse y reflexionar sobre el ritmo de vida que llevábamos. La narración sugiere que el virus no solo trajo crisis, sino también una oportunidad para cuestionar hábitos, relaciones y prioridades. Con este video terminó la sesión del miércoles, y el profesor nos adelantó que en la próxima clase comenzaríamos a trabajar un nuevo tema: el storytelling.

Viernes 13 de marzo

La clase del viernes 13 de marzo inició, como ya es habitual, registrando la asistencia. En esta sesión estuvieron presentes Valentina Rivera, Santiago Achury, Natalia Duque, Martín Gutiérrez, Laura Ibagué, David Suárez, Daniela Roncancio, Ana Isabel Espinosa y yo, Natalia Valencia, junto con el profesor Juan Sebastián Cobos.

Para comenzar, retomamos brevemente algunos de los temas vistos en la clase anterior, especialmente la relación entre cultura y comunicación. En ese contexto, el profesor compartió una anécdota sobre Transmilenio. Comentó que en algún momento surgieron quejas por lo apretados que viajan los usuarios y se planteó como posible solución replicar una práctica que existe en Japón: los llamados “acomodadores de guante blanco”, personas encargadas de empujar a los pasajeros para optimizar el espacio dentro de los trenes. Sin embargo, el profesor enfatizó que una estrategia como esta difícilmente funcionaría en Colombia, precisamente por las diferencias culturales. Mientras que en Japón este tipo de prácticas se entienden dentro de una lógica de orden, eficiencia y colectividad, en nuestro contexto probablemente sería percibido como una invasión del espacio personal o incluso como una agresión. Esto permitió entender que las soluciones no son universales, y que cualquier estrategia de comunicación o intervención debe considerar el contexto cultural en el que se aplica.

A partir de ahí, el profesor nos planteó una pregunta central que guiaría la clase: ¿para qué nos contamos historias?

Las respuestas fueron diversas. Natalia Duque mencionó que contamos historias para darle sentido a lo que vivimos; yo respondí que lo hacemos para no repetir errores; otros compañeros dijeron que las historias ayudan a encontrarle sentido a la vida, que nacen de la incertidumbre o que permiten crear comunidad. Finalmente, el profesor señaló que todas estas respuestas convergen en una idea clave: las historias nos permiten construir comunidad.

Para profundizar en esto, leímos varias frases sobre el poder del storytelling. Una de ellas, de John Dufresne, plantea que “las historias tienen el poder de influir en las personas, de formar sus pensamientos, deseos y vidas”. Esta idea resalta que las historias no son solo entretenimiento, sino herramientas que moldean la manera en que entendemos el mundo. También se mencionó a Jürgen Habermas y su teoría de la acción comunicativa, a partir de la idea de que “aquello que no puedes comunicar no existe”. Este planteamiento sugiere que la realidad social se construye a través del lenguaje y la comunicación. Vale la pena mencionar que Habermas, uno de los pensadores más influyentes en teoría social y comunicación, falleció recientemente, dejando un legado fundamental para entender cómo el diálogo y el entendimiento mutuo son la base de la vida en sociedad. Otra frase que analizamos fue la de Tahir Shah: “las historias son la moneda de cambio de la cultura humana”. Esto refuerza la idea de que las historias son el medio a través del cual transmitimos valores, experiencias y conocimientos. Además, hablamos de cómo un mismo relato puede contarse de distintas formas (trágica, cómica, dramática) dependiendo de la intención comunicativa.

En este punto, el profesor introdujo dos conceptos clave: la comunicación discursiva y la comunicación narrativa. La comunicación discursiva se caracteriza por el uso de datos, cifras, argumentos y explicaciones racionales. En cambio, la comunicación narrativa se construye a partir de historias, ejemplos, anécdotas y elementos que conectan emocionalmente con las personas. Esto nos permitió entender que, aunque ambas son importantes, las historias suelen tener un mayor impacto porque logran conectar no solo con la razón, sino también con la emoción. Posteriormente vimos un fragmento del programa Redes 93, en el que participan Eduard Punset y el antropólogo Robin Dunbar. En este video se explica que los seres humanos somos profundamente sociales por naturaleza y que nuestras relaciones están limitadas cognitivamente. Dunbar plantea que existe un número aproximado (alrededor de 150 personas) que corresponde al máximo de relaciones sociales significativas que podemos mantener.

El video también aborda conceptos como las relaciones parasociales, que son aquellas que establecemos con figuras públicas o personajes mediáticos, y cómo estas influyen en nuestra percepción de cercanía y pertenencia. Además, se menciona que el tacto y la risa cumplen funciones fundamentales en la construcción de vínculos sociales. En otras especies, como los primates, el acicalamiento cumple una función similar, ya que genera bienestar y fortalece la cohesión del grupo. Otro aspecto interesante que se menciona en el video es que las especies que viven en grandes grupos anónimos tienden a desarrollar cerebros más pequeños, mientras que aquellas que establecen vínculos más estables (como las parejas a largo plazo) requieren mayor capacidad cognitiva. Esto refuerza la idea de que las relaciones sociales complejas demandan más recursos mentales.

También se abordó cómo desde pequeños aprendemos a comunicarnos emocionalmente, por ejemplo, a través de la forma particular en que los adultos le hablan a los bebés. Esto demuestra que la comunicación no es solo información, sino también conexión emocional.

Más adelante vimos un video titulado “Verano en Europa”, que estaba claramente dirigido a las mujeres. Esto nos permitió reflexionar sobre la importancia de conocer la audiencia al momento de construir un mensaje, ya que la efectividad de la comunicación depende en gran medida de qué tan relevante resulta para quien la recibe. A partir de esto, el profesor nos mostró varios ejemplos del contexto político colombiano para ilustrar el poder del storytelling. Uno de ellos fue la campaña presidencial en la que una intervención aparentemente sencilla (una mujer hablando sobre cómo un candidato protegía a los adultos mayores y garantizaba seguridad) logró conectar emocionalmente con las personas y generar un impacto significativo en la percepción del candidato. En contraste, cuando el equipo de otro candidato intentó replicar la estrategia de manera más forzada, el mensaje perdió autenticidad. Aunque el contenido era similar, la audiencia percibió que se trataba de una estrategia construida artificialmente, lo que demuestra que en comunicación la credibilidad es clave.

Otro ejemplo fue el de Germán Vargas Lleras, quien en un momento de campaña tuvo un gesto agresivo hacia uno de sus escoltas (le dio un coscorrón). Este hecho, más allá de ser un simple incidente, comunicó un mensaje negativo sobre su carácter y afectó su imagen pública. Esto evidencia que todo comunica, incluso aquello que no está planeado.

Finalmente, también se mencionó el caso de George Floyd y el gesto de arrodillarse como símbolo de protesta, retomando la acción del jugador de la NFL Colin Kaepernick. Este gesto, sencillo pero cargado de significado, se convirtió en un símbolo global de lucha contra la desigualdad racial. Esto demuestra cómo ciertos actos pueden convertirse en narrativas poderosas que movilizan a millones de personas.  Para cerrar la clase, el profesor nos pidió, como es habitual, compartir una frase o aprendizaje que nos lleváramos de la sesión. En mi caso, la idea que más me quedó fue que lo importante en la comunicación es que el mensaje tenga sentido, que sea relevante para el otro.

Con esta reflexión finalizamos la clase del viernes, entendiendo que la comunicación no se trata únicamente de transmitir información, sino de construir significado, generar conexión y, sobre todo, crear comunidad.

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