Bitácora - Semana 1
Bitácora de clase Primera semana – Medios
Miércoles
28 de enero
Natalia
Valencia
El
miércoles 28 de enero llegué a la clase de Medios con una sensación particular
ya que, no conocía a nadie. No era solo una cuestión de nombres o rostros
nuevos, sino esa incomodidad silenciosa que aparece cuando se entra a un
espacio compartido sin referentes previos. Éramos pocas personas en el salón (seis
estudiantes y el profesor) y esa misma pequeñez del grupo marcó el tono de lo
que sería una clase distinta, más cercana, menos rígida y más humana. El
profesor nos preguntó sobre que sabíamos de esta clase y la verdad, la mayoría
no teníamos idea o habíamos escuchado muy poco sobre la clase. El profesor
propuso comenzar con una actividad poco convencional para romper el hielo y
facilitar el reconocimiento mutuo. La dinámica consistía en crear un reloj
personal. Cada una debía dibujar un reloj con diferentes espacios horarios que
luego serían ocupados por encuentros breves con las demás personas presentes en
el salón. La idea era simular pequeñas “citas” con las compañeras, acordando
horarios simbólicos en horas en los que compartiríamos conversaciones rápidas.
El profesor iba diciendo la hora y teníamos que encontrarnos con la persona de
esa hora. Este ejercicio nos obligó a interactuar desde el primer momento, a
preguntar, negociar tiempos y conocernos más.
A través
de este reloj comenzamos a hablar entre nosotras, a romper la barrera inicial
de la distancia y a asumir que el aula no era solo un lugar físico, sino un
espacio de encuentro. Una vez completados los relojes, el profesor proyectó una
diapositiva con una serie de preguntas que guiarían nuestras conversaciones.
Algunas de ellas eran: ¿qué es lo que más te recuerda a tu papá?, ¿con quién
vives y dónde?, ¿qué hiciste en vacaciones?, ¿cómo te imaginas en cinco años?
Otra pregunta incluía un ejercicio que consistía en permitir que la otra
persona revisara nuestras redes sociales para observar qué tipo de contenido
nos mostraba el algoritmo. Con tiempos muy limitados (alrededor de un minuto
por pregunta) nos reunimos con nuestras compañeras y comenzamos a responder. La
brevedad del tiempo hacía que las respuestas fueran intuitivas, poco pensadas,
casi espontáneas. Esto le daba a la actividad un carácter honesto puesto que, no
había espacio para construir discursos elaborados, sino para decir lo primero
que surgía. En ese ejercicio, lo personal se volvió comunicativo y lo cotidiano
adquirió un valor simbólico.
Antes de
pasar a la siguiente actividad, el profesor nos pidió que nos presentáramos
formalmente. Dijimos nuestro nombre, el semestre que cursábamos, las carreras
que estudiábamos y nuestros énfasis. Luego, las compañeras debían complementar
esa información con los datos curiosos que habían surgido durante las “citas”
del reloj. Posterior a eso, el profesor también se presentó y nos contó sobre
su experiencia como docente en el énfasis y también sobre su familia. Este
momento reforzó la idea de que ya no éramos completamente desconocidos.
Finalmente, el profesor nos pidió sentarnos de manera separada y nos entregó
una hoja en blanco. La consigna era dibujar un objeto que representara nuestra
infancia o, más allá de eso, un elemento con el que nos sintiéramos
profundamente identificadas. No se trataba de una evaluación estética, sino
simbólica. No podíamos escribir palabras, nombres ni explicaciones; solo el
dibujo. Yo dibujé a Samuel. Samuel es un muñeco que me acompaña desde que tengo
aproximadamente siete años. Es un Cabbage Patch Kid, de ojos azules,
cabeza grande y cuerpo de bebé. A pesar del paso del tiempo, sigue siendo un
objeto profundamente significativo para mí, un vínculo directo con mi infancia
y con una parte muy íntima de mi identidad. Dibujarlo fue, de alguna manera,
exponer una parte vulnerable de mí sin explicarla.
Una vez
terminamos los dibujos, el profesor los recogió y los repartió al azar entre
las compañeras. Cada una debía describir a la persona que creía que había hecho
el dibujo, basándose únicamente en lo que veía representado. A mí me
correspondió un dibujo de un libro abierto del que emergía una ilustración de
una casa, acompañado de con líneas que simulaban texto. A partir de esa imagen,
describí a la persona como alguien abierta, para quien el hogar es un lugar
seguro, con gusto por la lectura, organizada y reflexiva. Esta compañera
resultó ser Daniela. Otra compañera recibió mi dibujo. Sin saber que era mío,
me describió como una persona creativa, tierna, sensible, cuidadora,
protectora, alegre, tranquila y paciente. Al final de la actividad, compartimos
estas descripciones y reflexionamos sobre qué tan acertadas nos parecían. En mi
caso, sentí que esa descripción sí era acorde conmigo, lo que me llevó a pensar
en cómo los objetos que elegimos para representarnos comunican más de lo que
creemos.
Hacia el
final de la clase, regresamos a nuestros puestos. El tiempo era limitado, pero
el profesor alcanzó a introducirnos al curso y a un nuevo tema: el Cono del
Aprendizaje de Edgar Dale. Este modelo explica cómo las personas retenemos
información de acuerdo con la forma en que interactuamos con ella. En la parte
superior del cono se encuentran las experiencias más pasivas, como leer o
escuchar, que generan una menor retención del conocimiento. A medida que se
desciende en el cono, aparecen experiencias más activas, como discutir,
practicar o enseñar a otros, que permiten una mayor comprensión y aprendizaje
significativo. El cono plantea que no aprendemos únicamente recibiendo
información, sino participando activamente en ella. Esta explicación se reforzó
con un video que ilustraba cómo el aprendizaje se vuelve más profundo cuando
involucra acción, reflexión y experiencia directa. Esta idea conectó claramente
con las actividades que habíamos realizado durante la clase, donde aprender
sobre comunicación no se dio desde la teoría, sino desde la experiencia
personal y el intercambio con las otras.
El viernes
siguiente no pude asistir a clase debido a un asunto familiar que debía
atender. Sin embargo, sé que ese día se abordó un nuevo tema y se realizó un
quiz diagnóstico sin calificación, pensado únicamente como una herramienta de
autoevaluación y no como una nota formal. Esta primera semana de clase no solo
introdujo contenidos académicos, sino que construyó un espacio de confianza y
participación. Más que aprender sobre medios, empezamos aprendiendo a
comunicarnos, a mirarnos y a reconocernos, entendiendo que la comunicación
comienza siempre desde lo humano.
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